domingo, 16 de mayo de 2010

Día 7. Andújar. Murallas y silencio...

Dejaba Bailén pisando terrenos de batalla, repitiéndome palabras de ánimo ante la dura travesía que hoy tocaba. Muchos kilómetros por delante y la sensación humana de cansancio desde que enfilaba el antiguo camino nazarí hacia Andújar. Y silencio, pero ese silencio melancólico de los campos de nuestra Andalucía que hace por deleitarnos si ponemos atención a los detalles. Entre olivos centenarios me encontré esta mañana, cruzando un río al que no le pierdo de vista ni quiero, al menos hasta que muera en el vasto océano y yo me bañe en sus últimos suspiros de agonía. Me miran a mi paso labriegos extrañados, de tez morena y manos curtidas, más aún cuando perciben en mi cara una sonrisa, siendo habitual que me ofrezcan agua y chacina cuando tengo a bien preguntarles por mi senda y su destino.

Tras una verea sinuosa llegué a Andújar, de ascendencia romana y mora, como susurran sus murallas de otra época, pareciendo alzarse entre las colinas para guardar la fe de sus habitantes. Se puede oir todavía, caminando por su judería, los poemas de amores furtivos que rezaron a la sombra de una mezquita por ansiar un futuro halagüeño. El olor a jazmín y el campanar de Santa María hace el resto, elevarte a época de mercaderes, creerte dueño de turbante y mezclarse con el pópulo para buscarse la vida. Emociona pisar calles con tanta historia, remozadas por vergeles de flores en los balcones, y ese agua cayendo paciente, en idílicos rinconcitos de arte...

Iliturgi se me escapa, pero aún más sus gentes, amables al trato y de simpático acento, dando color al domingo, entre risas y niños correteando tras una pelota. Saben lo que tienen y se les nota, y eso me gusta hasta el extremo. Admiro los pueblos que se admiran, pues el amor empieza por uno mismo, y eso les hace reconocerse ante el mundo con orgullo, embelesando a visitantes y peregrinos, que quedan absortos por tanta belleza.

Se me acaban los pueblos de Jaén, perlas de la campiña. Mañana entro en Montoro, que ya es de Córdoba, y me llevo conmigo bellos recuerdos y sensaciones, de una gente humilde y trabajadora, sencillos a la par que humanos, una provincia que me ha acogido con cariño, y que ya por siempre será punto de partida y de encuentro, tanto de mí mismo como de aquellos que se atrevan a conocerse perdiéndose por sus caminos y murallas. Y aunque pasen mil años, aunque cien siglos vinieran, no conocerán verso que les diga tanto, por mucho que anden buscando, no más que el hermoso silencio de esta santa tierra, el silencio de sus caminos y el de sus murallas, paraísos de otro tiempo que se nos ha legado para enamorarnos de nuevo en cada esquina...

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sábado, 15 de mayo de 2010

Dia 6. Bailen. Sables y coraje...

Y el viento me llevó a Bailén, entre sonrisas de la noche anterior que aún hacían eco en mi cabeza. Atrás dejo un ejemplo de los buenos, el de Josemi y su familia, bandera de los milagros que aún existen por nuestras tierras. Su valor para enfrentar los azares de la vida dan buena cuenta de lo frágiles que podemos llegar a ser, para luego remontar el vuelo, donde nadie daba un duro. Los guardaré ya por siempre en el arcón de mis ejemplos favoritos, que servirán para ilustrarme cuando mi ánimo y mis ganas decaigan...

Entre nubes bajas llegué a Bailén, campo de batalla donde el ejército francés comandado por Napoleón sucumbió ante los sables de nuestros valientes compatriotas, marcando el destino de nuestra nación para siempre, en fiel e imponderable legado a través de los tiempos. El destino de la guerra de la Independecia española bien puede decirse que cambió de signo tras aquella mañana de Julio de 1808, con los "mondieus" a tres palmos de nuestro gaznate, jactándose de una victoria más que segura. Pero a veces ocurre que no todo está escrito, a veces la razón se queda sin valía y triunfa lo débil, para bien de todos, y es que resultaría anodino saber de antemano los designios de lo que toque, y eso se hace maravilloso...

Relatan las crónicas de la época, erizando el vello del ser más insensible, la noble e insumisa lucha de unos cuantos españolitos de pelo en pecho y puño cerrado en aquellos días de verano, en un combate que pasaría ya por siempre a la historia por enseñarle las orejas del lobo al imperial ejército gabacho. A golpe de mástil, bajo un Sol castigando a plomo las intenciones de cualquiera, con olivos por testigo del lance, la infantería, la nuestra, realizó la mejor carga de sables y mosquetes que se ha escrito. El pueblo de Bailén, escenario sin quererlo de la batalla, en inestimable ayuda, provisionó de agua y enseres a unas tropas debilitadas por el calor y el sofoco, aunque fieras y fieles al escudo, lo que hizo romper lo previsto y darle jeroma a nuestros inestimados vecinos.

Cada calle de este pueblo representa un homenaje a aquellos hombres, no siempre recordados, pero vitales en su día para que nuestra roída patria no fuera una mera provincia francesa, lo que hubiera sido desolador para nuestro orgullo. Y les ves ahí apostados, con la mirada al frente y gesto serio, creyendo en la victoria, y es difícil no sentirse inspirado. Más ahora, cuando cuatro truhanes se encargan de mutilar nuestra divina leyenda, repleta de héroes que no saben de odas ni monumentos. Convendría, al menos hoy, en justa dicha, postrarse un segundo ante ellos, valientes guerreros que luchaban por un ideal y su gente, por más que en este tiempo suenen palabras huecas de sentido.

Es por eso que hoy les rindo homenaje, tanto a ellos como a la familia de Josemi, pues responden a la pregunta que el corazón nos hace cuando no vemos otra salida, manteniendo el pulso, alzando las manos, sin dejar de avistar horizontes para pagar con la vida, si así fuese necesario, las insolencias de un enemigo dispuesto a cercenar la libertad de los nuestros...

Aparte de eso, tengo que deciros que me encuentro fuerte y esperanzado. Anoche soñe con Sanlúcar y los míos, y levanté con una sonrisa y mucha fuerza. Con eso y poco más me vale para seguir adelante en mi desempeño, y no dudaré en empuñar para ello sables que me abran paso en esta travesía, sables y kilos de coraje, del buen coraje, de los cientos de ejemplos que me encuentro a cada paso...

Os echo de menos...

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viernes, 14 de mayo de 2010

Día 5. Linares. Granizo y miradas...

Salí de Baeza temprano. Un mal sueño me hizo despertar aún de noche y ya quedé desvelado hasta que las primeras luces de la mañana me indicaban que debía partir hacia un nuevo destino. El matrimonio sueco terminó por ser un encanto. Siempre con la sonrisa en la boca, se interesaron por mi viaje de forma educada y me animaron a concluirlo. En sus miradas atisbé poco antes de irme ese halo de libertad que a veces encuentras en personajes anónimos que se cruzan por casualidad en tu camino. Me dieron detalles de su vida. Él era político en un pueblo de Suecia, hasta que se cansó de los desagradecidos y rompió con todo, según me contaba.

Es una pena que el mundo en el que vivimos, con la atadura continua de las obligaciones cargando sobre el lomo y las responsabilidades imposibles de esquivar a la vuelta de la esquina, nos haga palidecer y morir en vida, teniendo que asentir con la cabeza a todo por un simple mendrugo de pan que llevarnos a la boca o poder experimentar la mera sensación de estar "haciendo bien" las cosas. Estamos muy equivocados, y es algo que me está enseñando este viaje, aunque ya lo sospechaba desde hace tiempo. Es un tremendo error caer en las garras de lo normativo, de lo que hay que hacer, sin plantearnos siquiera si así lo queremos y de qué manera. No deberíamos perder nunca parte de nuestra naturaleza, que en esencia es libre desde antes de que existiera la palabra.Morir en vida, mirar con los ojos de otros y lamentar el tiempo perdido son acciones a las que quizás más tema sucumbir a lo largo de mi ciclo vital. Y si para eso tengo que seguir abrazando rebeldías y echarme al monte con una mochila y cuatro euros en el bolsillo, no lo duden, así lo seguiré haciendo, aunque sólo sea por no ver las caras que ponen quienes piensan que haciendo lo que hago he perdido la cabeza, cuando son ellos los que llevan una vida de calamitosa locura. Que se lo planteen quienes ponen esa expresión tan rara al hablarle de mi travesía...

Por lo demás, hoy tocaba Linares, una ciudad en medio de la campiña, de calles cuidadas y gente dedicada al comercio, hijos de padres que se forjaban la chacina en las minas de la zona, hasta que la tierra dijo basta y se tuvieron que buscar la vida cada uno por su lado. Mi paseo por Linares ha sido tranquilo, rememorando la muerte de Manolete y conociendo el pasado minero y humilde de los que aquí buenamente habitan.

He de reconocer que me he dedicado simplemente a cumplir el trámite, pasar las horas lo mejor que pude y hacer fotos a lo menos malo. Mi ánimo anda hoy algo decaído. No sé si son los días que van pasando o la gilipollez consumada de quien se cree héroe porque un día decidió hacer el Camino de Santiago y dormir con la tripa llena en posadas de buena sábana y mejor trato. Me ha encendido un comentario en la radio, viniendo para Linares, de uno de esos cierrabares que se cree alguien por darle al caminito del marketing mientras le esperan en la meta señoritas dispuestas a todo con pancartas y aplausos. Yo os puedo prometer que no busco ni de lejos eso. Estoy aquí simplemente para conocer mis límites, que son finitos, de eso estoy seguro, y de paso relatar a gente amable las sensaciones que se me van despertando a la vez que ando, ademas de conocer mejor nuestra hermosa tierra, y no otras que no me dicen tanto...

Y es que uno se resiste a creerlo, pero es cierto que tanta soledad te hace reflexionar sobre todas las cosas en las que no te paras a pensar mientras vas montado en la montaña rusa de las obligaciones y los pagaderos, y en pocos días me ha llevado a la conclusión de que nos toman por verdaderos gilipollas aquellos que nos creen simples marionetas para facer a su antojo la morisqueta mas lamentable. Hasta hace bien poco, en mi pueblo, se me ofreció la oportunidad de ir en una lista electoral. Que no cuenten jamás, y digo bien, jamás, conmigo, a no ser que sea para encabezar un proyecto totalmente diferente de lo que conocemos por política. Y, por supuesto, llegado el caso, no tendré compasión alguna de los indeseables que ahora pelan la pava en las esquinas y los talibanes sin turbante que les van detrás lamiendo la porquería. A esos me refería...

Siento, con mucho, usar hoy estas líneas para desahogarme, pero es que tantas horas me dan para currarme al tarro bastante, y este pequeño apartado donde cuento mis aventuras bien puede servir también, de cuando en cuando, para confesarme conmigo mismo y salir a la calle con la mejor de las caras...

Prometo en lo sucesivo hablar de arte y y naturaleza, historia y verdades, y dejar atrás mi espacio más oscuro. Confío, con suerte, en encontrar luego una sonrisa y una buena ducha en casa de Jose, un señor jubilado que se ha ofrecido gentilmente a darme cobijo y una digna cena, posiblemente el mejor antídoto ante la desesperanza que hoy llevo en mi hato al ver tanta alimañana suelta disfrazada de corbata y mentiras. Mañana toca Bailén (y no Andújar, como digo en el vídeo), y es allí donde espero encontrar la inspiración. Lugar perfecto, campo de batalla donde cuatro españolitos dieron jeroma a franceses putañeros de bajas formas y peores intenciones. Solo Dios sabe las miradas que allí me esperan, pero lo que es seguro es que no me dejarán indiferente, a pesar de todo...

Un abrazo a todos...

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jueves, 13 de mayo de 2010

Día 4. Baeza. Rincones y prosa...

Llegaba temprano a Baeza, descansado por haber podido dormir a pierna suelta en casa de Agustín, canario de nacimiento y ubetense de acogida. A él, como a muchos otros que conoceré, los pude encontrar en la página web hospitality.club.org, donde anónimos de todo el mundo ofrecen estancia en sus propias casas a cambio de una charla confortable y poco más. Ellos, con su hospitalidad, son la base de mi viaje, pues sería imposible llevarlo a cabo con un presupuesto tan reducido si no recortara por algún lado durante el camino.

Aprovecharé hoy para despejar dudas sobre mi travesía, algunas mundanas, pero prosa tan necesaria en el día a día para que, de cuando en cuando, pueda disfrutar de versos idílicos a lo largo de mi andadura.

Hoy, por ejemplo, en Baeza no tenía alojamiento. Así pues, doble tarea, por un lado encontrar la manera de descansar bajo techo y por el otro disfrutar del pueblo y sus gentes cámara en mano para poder retratar mi viaje. Lo primero que hago cuando llego al pueblo es situar la biblioteca, para así poder consultar internet de forma gratuita y establecer el itinerario a seguir por la zona. Lo hago por doble motivo, y es que además me hace disponer de lavabo si así lo necesitara. Sí amigos, es la parte menos decorosa de este tipo de aventuras, y es que un apretón a destiempo o una mala preparación en cuanto al aseo te lo puede chafar en un instante, y entonces dejaría de disfrutarlo en toda su medida.

Ya ubicada la biblioteca, sigo el itinerario previsto y realizo las fotos y videos que creo más interesantes. Me gustaría hacer algunas fotos más de noche, pues esta cámara del siglo pasado las trabaja mejor que las de pleno día, pero entenderéis que me es totalmente imposible debido a que, a última hora de la tarde, acudo a subir los archivos y la crónica del día. Sólo me tengo que preocupar de la comida, para lo cual acudo a los hipermercados más baratos, comprando lo necesario para alimentarme y no desfallecer. La cuestión del alojamiento me la he tenido que agenciar preguntando en la oficina de turismo. Al parecer, al final del pueblo, escondido entre la espesura, existe desde hace años una casa enorme regentada por un sueco que alquila las camas a 6 euros la noche. Ya os podeis figurar de lo que estamos hablando, un antro de mal asunto, durmiendo con descamisados que no tienen donde caerse muerto, eso mismo pensé yo. Nada más lejos de la realidad. Me planté allí a media tarde escamado, queriendo cerrar el tema de la pernocta para quedarme tranquilo y poder dar vueltas a gusto, y lo que me encontré allí, al final del camino de olivos, distaba mucho de la composición que me había hecho en mi mente. Se trataba de una casa alta, con balcones cuidados y plantas en las esquinas, con un porche desde el que se divisaba la sierra en la lejanía, y dentro del recibidor la mujer de Thomas, que así se llama el sueco, recibiendo a senderistas y demás con brío y una sonrisa en la boca. Tuve suerte, por lo visto se celebra esta semana en los alrededores de Baeza un encuentro de senderistas y aficionados al trekking y la casona estaba prácticamente llena. Sólo quedaba una plaza de esas económicas de 6 euros la noche. Ya os contaré mañana la experiencia, si no me han comido por los pies los bichos del campo que, a buen seguro, se colarán entre las literas buscando jaleo. En cualquier caso, ya tengo sitio para no morirme de frío o malvivir en cualquier lado, y eso es lo importante. Siempre estaré a tiempo de no aparecer si encuentro algo mejor de aquí a la noche, que lo dudo, y es que la señora ni me pidió el carné para confirmar la reserva, como si de una película de los Cohen se tratase. Ya habrá lugar mañana de dormir de mejor manera y asearme como es debido, y es que en Linares tengo alojamiento en casa de Jose, conocido a través de hospitality, que se ofreció a procurarme una cama decente y una buena charla, con algo de suerte.

Como digo, lo que os he contado es la parte más prosaica del viaje, pero necesaria y, a veces, reconfortante, y es que, cada vez más, creo firmemente en el importante aprendizaje que se hace en las dificultades, y hoy no será menos. Parece un tópico, pero es cierto que es la mejor manera de valorar lo que uno tiene en casa, tan acostumbrados todos a que nos pongan por delante mesa, mantel y bollo, y encima con la queja siempre entre dientes...

Aparte de eso, Baeza me ha cautivado. Las callecitas del casco histórico te transportan a época de caballeros y doncellas, y revives sin quererlo pasajes de otro tiempo, lo cual hace verdaderamente emocionante el paseo, visto lo que me cae en gracia la historia de nuestra tierra, más aún cuando la tienes delante y puedes percibir los olores en propia carne.

Para mí quedarán los momentos vividos en la antigua Universidad de Andalucía, hoy convertida en Instituto, sentado en el mismísimo estrado desde el que, ni más ni menos, Antonio Machado dictaba clases de gramática francesa a sus alumnos. Como seguidor de las letras y fiel escudero de la palabra, tuve que soportar el nudo en la garganta y los vellos como escarpias al contemplar documentos manuscritos por él mismo, como si aquellos relatos divinos acabaran de escribirse. Así continué el paseo, entre muros de piedra y recovecos de otro tiempo, viendo atardecer despacio, enamorado sin remedio de este pueblo y estas calles, las mismas que antaño vieron pasar lustros de juglares y espadas apostadas en los rincones, donde el peligro acechaba y el amor era verdadero, relatados por poetas de excepcional valía y nobleza...

Y mañana Linares. Veintitantos kilómetros por delante y mucho en lo que pensar, con la mochila llena de ganas de aventura, a pesar de un mundo que parecer desconfiar de sí mismo mientras algunos visten bonito y observan impasibles hambre y frío en la otra acera, sintiendo tristemente nada...
Un abrazo a todos.

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miércoles, 12 de mayo de 2010

Día 3. Úbeda. Caminos mudos hacia el alma...

No ha sido nada fácil. Pueden creerlo. Levanté todavía de noche, aún con el murmullo del viento recorriendo la montaña y las palomas dormitando en lo alto de la torre que se divisa desde mi ventana. Como las posadas de los cuentos, apenas sin lumbre en la calle, tuve que hacer por despertar al conserje para entregar la llave y partir con todo dispuesto. Poco antes, desde la almena del abergue, mirando hacia el monte, ya me había despedido de la sierra, a la vez que me enfundaba el polar y me abrochaba la mochila.

Mezcla de sentimientos mientras comenzaba mi andadura, y todos embotando mi pulso. Miedo a la senda, a los peligros, al cielo gris que auguraba tormenta, al valor de mis piernas y al coraje de mi corazón. Ilusión al mismo tiempo, por ver amanecer con cada paso, por disfrutar de horizontes especiales, silencios mágicos y sonidos bellos. Y ternura, mucha ternura, por las personas y las calles de Cazorla, un pueblo del que me iba alejando a cada paso, pero que ya formará parte de mis recuerdos a través de los años. Así discurrió la senda, con mi sentidos disfrutando de cada instante como el último, respirando tierra y olivo, entre zarzales y vereas de otro tiempo. Al poco, el Sol entonaba en el horizonte el milagro de un nuevo día, iluminando a lo lejos San Miguel, con sus casas pequeñas, apagando las pocas luces de farolas huérfanas en el centro de la nada. Y yo en medio de todo, rememorando historias que leí de caballeros y letanías, poemas de otra época que trataban viajes imposibles a caballo y carruaje, al son de alforjas y hermosa valentía...


Y el cielo, allí mismo, dictó sentencia. Las nubes de tornaron bajas y la lluvia, al momento, empapó mi chubasquero, anegando cunetas y riachuelos. Y así hasta Úbeda, tierra fertil y verde tras el cerro, con las murallas vigilando aún vestigios de otro siglo donde el miedo y la falta de libertad gobernaba. Al final, menos fatiga de lo temido, aunque no debiera desconfiar, pues aún queda mucho trecho y mil aventuras que no quiero perderme. Valió la pena tanta caminata, comprobar in situ joyas del Renacimiento, puertas mudéjares, frescos en la misma calle ubetense. Mereció el esfuerzo realizado, aunque sólo fuera por descansar en la plaza Vázquez de Molina, con la campiña de fondo, y terminar recitando versos de andaluces que antaño cruzaron por esta tierra y abrazaron la mejor de las melodías dedicadas al viento, que no es otra que la grandeza muda de un camino que, más que nunca, parece dirigirme al centro de mi propia alma...


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martes, 11 de mayo de 2010

Día 2. Cazorla.Rutas de magia...

Hoy ha amanecido nublado. Dudaba del cielo en este día gris, pero entre cafés decidí alquilar una bici en el mismo albergue y esperar que la mañana mejorase con cada pedalada. Y así fue. Seguí la ruta de la Iruela, subiendo primero al pueblo del mismo nombre, de no más de 500 habitantes, tras una empinada cuesta que me hizo sentir la fatiga de quien no está acostumbrado a esos esfuerzos.

Minutos antes, mientras degustaba mi última magdalena y cogía fuerzas para el día, un senderista de recio pelaje y piel curtida me aconsejó la ruta que ahora llevo a cabo. -Girando a la derecha en la plaza de la Iruela, tras el camino asfaltado, sigue hasta la ermita y confiésate contigo mismo si te atreves a seguir adelante. Eso me dijo. Quedé abrumado con el consejo, lo que no hizo sino enloquecer mi curiosidad y tirarme al desacato de lo desconocido, allén de cuestas y mal tiempo. Como dijo nuestro amigo, giré a la derecha en la placita, donde dos señoras conversaban a la par que me miraban extrañadas, como pasa en los pueblos pequeños, y enfilé una terrible cuesta, de esas sin horizonte, con el cielo ya entreabierto de nubes, para mi suerte.

El camino daba a una serie de miradores excepcionales. Disfrutaba a la vez que subía, tomando instantáneas de cada detalle, de cada barranco. Extasiado de tanta belleza, con la emoción del momento, incluso me atreví a grabar un par de videos en una de las pocas bajadas en las que pude descansar las piernas. A todo esto, ni un alma a la vista, lo que le daba mayor trascendencia y magia al camino. Todo lo contrario que vegetación y fauna. Más de una vez tuve que girar la cabeza al sospechar cerca algún animalillo. En lo alto de todo, algunos buitres dominaban en la altura, como reyes del aire, acompañados de ese silencio ruidoso de los bosques en esta época de vientos.

Tras muchos kilómetros subiendo, y con el agua justa para seguir adelante, tropecé con un cartel informativo que me daba cuenta de mi posición por la zona. Lejos de aclararme mi intención, ese cartel solo hizo confundir mi curiosidad y alentarme de nuevo a alcanzar por la senda, ya sin asfaltar, el paraje de "El Chorro", más cerca ya de Quesada, pueblo de la zona, que de Cazorla, donde me hospedo. Las fotos y los videos hablan por sí solos, todo un paraje inspirador hasta para el más insensible, donde verde y aire limpio colman la mayor de las expectativas. De pronto, cuando más idílica era la travesía, ya de vuelta, un trueno en la lejanía me avisaba de mi suerte.

De a poco, las nubes se encalomaron en la falda de la montaña y tuve que tomar la sabia aunque algo inconsciente decisión de acortar hasta el pueblo por un camino cerrado a senderistas por riesgo de caídas. No sabía con certeza si esa senda llevaba hasta el pueblo, pues se perdía en el horizonte tras la montaña donde comanda el Castillo de la Yedra, pero me apresuré a tomarlo con la esperanza de que al menos hubiera un pequeño cobertizo donde resguardarme de la que se me venía encima en cuestión de minutos. Tracé con cuidado cada curva, casi sin alzar la mirada, pues una lesión me arruinaría el viaje, y bajé rozando el precipicio sorteando charcos y piedras. Pasados ya unos minutos, un tirón en la pierna me avisaba de mi flaqueza para hacer esfuerzos en lo inmediato, y la lluvia cayendo a plomo, empapando en un instante ropa y mochila. Al poco, una casa, pero ya para entonces había elegido decisión, continuar, creyéndome cerca del pueblo. Y así fue, gracias a Dios. Terminé como una sopa, pero la aventura me había hecho disfrutar enormemente toda la mañana, incluso esa fatídica bajada de casi media hora, como esas cosas que se disfrutan cuando terminas y ves que, en un principio, no se tenían todas consigo.

LLegué al albergue, tomé una ducha caliente, quizás la mejor de mi vida, y quede en el vestíbulo conversando con el conserje. Ya a la tarde, sin querer caer en los brazos de Morfeo, visité la casa de mi compañera de autobús, Lucía, que me esperaba junto con su familia y su novio para una merienda acogedora. Gente espectacular, humilde, ingeniosos de la palabra y las formas, y es que no paré en todo el rato de reir con las chamullerías, como él dice, que el abuelo contaba. Asuntillos de pueblo, historias, algún que otro cotilleo vecinal, pero todo sin acritud ni maldad. Y es que eso se nota al momento, se intuye. Quizás el haber vivido tan alejado de las grandes urbes y su contaminado día a día les haya hecho desarrollar esa bondad que parece casi innata, divina.

Me despedí de ellos y volví al albergue, a escribiros, con sabor agridulce, y es que por un lado me causaba tristeza perderlos de vista, quizás para siempre, gente tan hermosa, aunque de alguna manera contento de comprobar cómo, por azares del destino, mi propósito de conocer gente en mi camino va tomando forma. Son las diez de la noche y no recuerdo estar tan cansado en mi corta existencia. Mañana diana a las 6, viaje hasta Úbeda, donde me espera Jose Miguel con los brazos abiertos para ofrecerme una cama y algo de comida. Quizás con algo de suerte una buena charla. Será el día de toda mi travesía que más camine, pero no ví mejor manera de hacerlo. Aún así, me las he arreglado para hacerlo más llevadero, y es que me han chivado oriundos del pueblo algunos atajos que les vendrán bien a mis piernas, ya castigadas después de lo de hoy, pero dispuestas a todo, no lo duden. Así pues, amigos, máñana empieza lo duro. Gracias por todos los mensajes que mandais al movil o al correo. Animan ahora más que nunca. Un abrazo y hasta mañana...

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lunes, 10 de mayo de 2010

Dia 1. Cazorla. En tres minutos......

Solo tardé tres minutos. Solo hizo falta plantarme en la Plaza del Cristo, ataviarme mi mochila y alzar la mirada al horizonte de Cazorla. Únicamente eso para acallar los miedos de las primeras minutos y los malos augurios. La jornada había comenzado ya hacía bastantes horas. Todavía de noche, con los ojos aún cerrados pero con el alma ilusionada, comenzaba la primera parte de mi ansiado viaje. Cuatro horas de autobús hasta Jaén, cuatro horas de campos de olivos interminables y ese regusto amargo que deja el traqueteo de la carretera. No quería pensar, mi cabeza se perdía entre avisos y consejos de la gente que me quiere. Hacía mía en silencio cada palabra de aliento. Evocaba, casi sin quererlo, la sonrisa nerviosa de los preparativos.

Al poco de pasar Carmona, mi compañera de asiento me preguntaba por mi destino, con la suerte de que Cazorla también era el suyo. Tras comentarle mi proyecto y mis temores, y con la bondad que, a veces, caracteriza a la gente de nuestra tierra, Lucía, así se llamaba, me ofreció un asiento en el coche de sus padres a la llegada a Jaén con destino Cazorla. Se me abrieron los ojos. De un plumazo me ahorraba una larga espera en la estación esperando el trasbordo hasta la tierra serrana y me permitía ganar medio día para hacerme un poco más a mi nueva forma de vida que ahora comienza. Llegamos pronto, sobre las dos, justo para llenar aliviar mi hambre y salir a dar el primer paseo por la zona, sirviendo de toma de contacto con unos parajes realmente bellos, como podreis ver en las fotos.

Me equipé con lo necesario y salí hipnotizado por las dos murallas que comandan la ciudad, calle abajo, siguiendo los carteles de casco histórico, sintiendo en la barriga el extraño cosquilleo de quien comienza una aventura que intuye sublime. Quedé ensimismado con la iglesia de Santa María, historia de verdad entre paredes encaladas, obsequio en su día al Rey Felipe II. Cuestas y naturalidad de las gentes ante mi presencia, eso me encontraba a cada paso, enfilando la primera senda, que me llevaría a los manantiales del Guadalquivir, pasando antes por la Ermita de San Miguel, excelsa obra de unos cuantos vecinos que decidieron restaurar una antigua capilla que había servido de todo menos para lo que hubiera debido. Hacia arriba seguí la senda, con los sentidos a flor de piel, impresionado por las vistas y lo bien cuidado que estaba todo. Da gusto saber que todavía quedan pueblos que conservan lo que tienen, que se respetan a sí mismos para reconocerse en el mundo, aunque sólo sea a través de un espacio natural cuidado o la sonrisa amable de sus vecinos. LLegué al final del camino casi sin darme cuenta. Seis kilómetros marcaba mi podómetro, ahora quedaban otros seis de vuelta para el pueblo, pero creedme si os digo que, lejos de hacerse eternos, fueron un soplo de vida para cada vello de mi piel, tan acostumbrada a vergüenza y rutina.

Y así llegué de nuevo al albergue, esperanzado por recorrer un trayecto que se antoja duro, seguro, pero que merecerá la pena si lo que queda es sólo la décima parte de lo que ya he podido disfrutar. Ya aseado, escribo estas letras sobre mi cama, desde el ordenador de mi compañero de cuarto, Adrian, devoto senderista y frustrado viajante, como él mismo dice, porque un día decidió elegir el camino de las responsabilidades demasiado pronto. Minutos me quedan de este mágico día, convulso de sensaciones inesperadas, al menos en intensidad.

Mañana más de lo mismo, espero, pues he ampliado mi estancia en Cazorla una noche más, y es que tengo la ligera sospecha de que tengo aún mucho que ver por esta santa tierra de moros y cristianos. Un nuevo día por delante, una bella eternidad, sabiendo ahora que sólo tres minutos respirando este aire bien hubiera merecido la pena un año esperando el momento. En tres minutos he convencido a mis miedos y mi conciencia, alimentando más si cabe la ilusión por llevar a cabo esta bella locura...
Un abrazo a todos, os siento cerca...

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viernes, 7 de mayo de 2010

Kike en el Guadalquivir

Bueno amigos y amigas, el momento ha llegado. Como muchos sabéis, el que os habla se propuso hace mucho tiempo una especie de peregrinaje por nuestras tierras andaluzas, al estilo del camino de Santiago, pero por aquí cerca, pues me gustaría conocer y disfrutar de los paisajes y gentes de nuestra Comunidad, a lo largo de al menos 1 mes, a fin de esbozar la que sería mi segunda obra literaria, la primera en forma de novela.

Para ello, y viéndome desprovisto de obligaciones en éste instante, realizaré, Dios mediante, el camino que va desde Quesada, ubicado en la Sierra de Cazorla, cuna del Guadalquivir, hasta Sanlúcar de Barrameda, allí donde el río muere. Con un presupuesto más que limitado y , a pesar de la poca ayuda externa, he decidido emprender la aventura de aprender de lo desconocido y valerme por mí mismo ante la mismísima naturaleza, ya que deberé buscarme la vida para poder pernoctar dignamente, alimentarme y seguir adelante en mi propósito.

A buen seguro, en muchos momentos, la ilusión tornará en desesperación y en oscuridad. Me valdré de vuestro ánimo y de mis ganas de cumplir mis objetivos para alejar de mi mente la idea del abandono. Intentaré, en la medida de lo posible, tener un hueco todos los días para contaros mis visicitudes en mi blog www.kikofen.blogspot.com .

Os invito a todos a que compartáis conmigo mi experiencia y os hago partícipes de ella. El Lunes día 10 comienza mi viaje, una aventura pacífica y espero que noble, apasionada y también quizás algo rebelde, simple reflejo de como entiendo nuestra existencia en este mundo, auténtica, humilde y sincera. Un abrazo a todos…

jueves, 25 de marzo de 2010

Caer y levantarse...

Te acuerdas seguro. Madrugadas en una esquina, con los labios secos, sintiendo encima mil miradas que te culpaban, otras tantas murmurando lástima, ninguna que valiese la pena. Aún no te has olvidado, ni quieres, de los gritos de tu madre, las lágrimas de tu novia, los lamentos, la espera. Los días enteros sin saber nada, el anillo que malvendiste, los viajes sin destino. No puedes deshacerte, de las ganas de abandonarlo todo, de las amistades que quedaron en el camino, de las risas de mentira y las puertas que ante tí se iban cerrando. Promesas a medianoche, de esas que no valen nada, los reproches, el llanto, el tuyo y el de tus hermanos. En un infierno, conviviendo con tinieblas y demonios, abrasado por las llamas del escándalo constante, falto de cariño y esperanza, de paciencia y coraje, y todo por esa dosis de más, esos días de menos, prosa en papel mojado, sin rima, con nudos sin desenlaces, existencia acabada en puntos suspensivos, cruel y triste desde el principio…

Y ocurrió el milagro. Apareciste sencillo en el portal de tu casa, con la frente tatuada en vergüenza y valentía, sin razones ni pesares en los bolsillos, dispuesto a agarrarte fuerte a la vida, tachando excusas de tu boca. Quiero que recuerdes, compañero, el primer abrazo de tu padre, ese primer momento, nacer de nuevo, aprender de cero, crear un mundo desde la nada y terminar enamorado, hacer tuyo el hermoso desafío de romper con todo…

Y ese ejemplo es el que amo, tu corazón el que escribo, cien gestos nobles, alma limpia ante mis ojos. Son tus manos ahora poesía, tu mirada versos del mejor poeta, trazos perfectos de un Dios sublime que imagina segundas partes y finales felices. Es a tí a quien admiro, porque has probado el arte de lo humano, ya sabes, caerse a cada instante, para un día, amigo, aprovechar una mano tendida al aire, tirar de orgullo y, con dos cojones, volver a levantarse…

lunes, 22 de marzo de 2010

Vida, muerte, arte y fiesta...

Del negro a la luz y la muerte ante mis ojos. Del silencio al bullicio y la sensación de estar muerto. Cornetas y tambores ponen música a la batalla, manos en la boca y el corazón encogido por mi bravura. Sin más amigo entre tanta alma que mi coraje, agarrado bien fuerte a mis ganas de vida, es lo único que me queda. Al otro lado, con su mirada clavada en mi piel gastada, mi verdugo, luchando contra miedos y supersticiones. Sólo vale defenderse, con lo que tengo, mi fuerza, mi empuje, con lo que pueda, pues me llueven de todos lados, lanzas, estoques, dolor y saliva, sudor, sangre que no es mía. Atrás quedaron las mañanas apacibles entre iguales, respirar naturaleza sin temor a nada. Ahora toca luchar por lo digno, proteger cada palmo de mi cuerpo, mantenerse fino en los movimientos, no sucumbir antes de tiempo, trabajar la esperanza para creer en el milagro. Rodeado de bestias, aplausos que no entiendo, muletas de mentira y el rojo carmesí que asoma mi asamenta a la par que mi nervio va fallando, quedando a merced de mi destino. Decidido ya a aceptar la deriva, bebiendo los últmos tragos de existencia, buscando aire donde no queda, así me veo, con la rodilla hincada ante clamor unánime de muerte inmediata, sin más compasión que terminar con tanto sufrimiento, que se hace eterno. Y sucedió, como si nada, sentí el metal frío atravesar mi centro y quede tumbado, todavía consciente, con el alvero en la cara, siendo testigo de emocionados gritos de reverencia, y yo allí tirado, sin vida, intentando recrear verdes prados, mañanas apacibles, días sin crueldad ni espectáculo. Digan a los míos, por mi memoria, que aquí yace, por derecho, la leyenda de un toro digno, no menos bravo, arte para muchos, fiesta para otros, que expiró sonriendo, en paz, sin odios, a pesar de todo…

miércoles, 10 de marzo de 2010

Milagros que gustan...

Uno tiene que agarrarse bien fuerte a la creencia de que existen los milagros para no caer en la desesperación cuando no ves otra salida. No es mi caso, pero sí es verdad que hago esa reflexión cuando me topo con ejemplos de vidas al límite, desafiando con poco la gran cantidad de retos a los que les somete una ardua existencia. No saben, ellos, lo que para mí significa el simple murmullo de unas palabras puestas en su boca, y no me hace falta, como ahora, poner nombre y apellidos a esos héroes anónimos, porque no entiendo esas dos palabras de forma separada.

Uno de ellos vino a contarme hoy una historia, de madrugada, cuando las letras y las leyendas parecen cobrar un sentido mágico. Se trataba del caso de Lincoln Hall, al que la prensa británica bautizó como “el muerto viviente del Everest”. El 25 de Mayo del 2006 descendía de la cumbre cuando, aquejado de mal de altura, empezó a acusar serias alucinaciones. Algo sabrán sobre ese tipo de aventuras, en las que la frontera entre la vida y la muerte pende de un hilo. Los sherpas intentaron atenderle hasta que se quedaron sin suministros en medio de una tormenta de nieve y el director del equipo les ordenaba regresar, abandonando a Hall. Cuando llegaron al campamento base se comunicaba a la prensa el fallecimiento de su compañero.

Sin embargo, a las 7 de la mañana del día siguiente, un equipo estadounidense liderado por Dan Mazur encontraba a Hall a 8700 metros, sentado con las piernas cruzadas, sin guantes, con el mono bajado hasta la cintura y el torso desnudo. Estaba cambiándose de camiseta. No tenía ni gorro, ni gafas, ni máscara de oxígeno o botellas, ni saco de dormir, ni mantas, ni cantimplora de agua. Cuando llegaron hasta él tan solo espetó “les sorprenderá verme por aquí…”. Mazur tomó esta foto de Hall poco después de encontrarlo cerca de la cima. Aún tenía tiempo de sonreir a pesar de haber pasado la noche al raso a esa altura, dado por muerto abajo, como hubiera sido su lógico destino. Se reiniciaron entonces las labores de rescate de nuevo y pudieron bajar a Lincoln de la montaña, siendo tratado posteriormente de un edema cerebral que terminó por recuperarse al poco, añadiéndose así otra página más en el sagrado libro de los milagros...

Y qué quieren que les diga, amigos. Por montañas que se pongan por medio, por difícil que parezca el rescate, no desesperen, busquen la mejor de sus sonrisas y quítenle la razón a los pesimistas que se disfrazan de realistas y le dan a uno por muerto, porque, con menos, otros han salido ilesos y pueden contarlo. Esos son, con mucho, los ejemplos que gustan al mundo, y, quién sabe, igual mañana podría ser usted el protagonista. Aquí me tendrá, en cuaquier caso, para relatárselo a los incrédulos, que ya van siendo, gracias a Dios, los menos…

jueves, 4 de marzo de 2010

Películas a mi manera...

Todavía la oscuridad le ganaba la partida a la inevitable lumbre de un nuevo día cuando un golpe seco me despertó y me hizo quedar alerta. Otra madrugada me había ganado la partida y dejaba mi rumbo a merced de viento y marea, jugando a ser incauto por olvidar disciplina en el gobierno de mis propias manos. Con lo que pude, torpe en gestos, pude acertar a recoger raudo arreos y aparejos para poner cierto orden entre tanto oleaje y tiburón suelto. Con cada paso hacia hacia el timonel la certeza de una deriva irrecuperable para entonces encendía los temores más amargos. Pero esta vez los dioses quisieron darme tregua, y pude encauzar la desdicha a tiempo, por poco, pues a dos palmos, por popa, una bandera enemiga preparaba el corso para hacerse a la batalla contra mi nave, lo que hubiera propiciado un naufragio difícil de salvar por cualquier capitán, a buen seguro. Ya solo me quedaba aprovechar la brisa de primera hora y resolver mi destino arribando en alguna cala resguardada de bucaneros y cazadores de tesoros. No fue fácil, tuve que navegar de levante a poniente, esquivando rutas comerciales, a golpe de timón y jarcia, alimentando la esperanza de encontrar la arena de una playa desierta y poder volver al catre para recuperar horas de sueño y matar desgana. Hasta que ocurrió, cuando más maldecía a todas las almas que habitan los océanos, cuando la mar era más brava y desagradecida. Al fondo de una corriente mañanera, con la Luna todavía por testigo, allí pude lastrar el ancla en piso firme y salvar mi dicha, al menos por un día, hasta la próxima que tocase.

Volví a casa angustiado. Al fin había encontrado aparcamiento, sin ser zona azul, ni roja, ni naranja, cansado de tener que buscarme la vida mañana sí mañana también para librarme de las multas de unos cuantos piratas a sueldo que persiguen a uno por un puto ticket de estacionamiento. Habrán imaginado, a buen seguro, una aventura más romántica entre mis letras. Nada más lejos de la realidad, pero es que esta manera de relatarlo es la única forma que tengo de reirme de lo cotidiano y así poder albergar un halo de optimismo en el cotarro que nos atañe, aunque tenga que echar mano de la ironía o la imaginación, como es el caso. Si no es imposible.

Y qué quieren que les diga, prefiero contarles la película a mi manera, que ya están otros para fastidiarles el final de la trama, pues siempre es el mismo, el mismo final indigno y aburrido que a nadie ya sorprende, para colmo. La misma película de todos los días amigos, esa que nos desayunamos sin rechistar y nos empacha de injusticia y desvergüenza…

lunes, 1 de marzo de 2010

Toca ser libres de nuevo...

Y ahí seguía mi velero amarrado. Con el mástil enmohecido y la cristalera de camarotes empañada. En el mismo pantalán en el que hace semanas atraqué por proa, como mandan los cánones de la marinería en puerto. Atrás dejé tormentas de espanto y bucaneros despiadados navegando en un invierno que ha sido duro y déspota para con los humildes navíos. Aún veo mi miedo reflejado en la mampara que me hace de escotilla, evocando sin quererlo en mi cabeza batallas temibles de afrontar de antemano. Necesitaba de unas cuantas noches en la Isla del Silencio, jurando por nuevas aventuras que están por llegar, prometiendo sacrificio y esmero ante dioses que espero velen por mi rumbo. De poco me hice y de mucho me deshice en este tiempo. Me sacudí el mal orgullo y la impaciencia, limpié mi espada de sangre culpable y curé de mi alma de innobles pesadillas. Poco más que eso, revisar alguna carta de navegación y alternar con viejos amigos de taberna, lo justo para agradecer lo debido y reirme del pasado. Y aquí me encuentro otra vez, en mi viejo velero, gastado de tanta gesta, escorado de estribor, con las jarcias roídas y el timón falto de lustre. Minucias de puerto, nada que no lo pueda remediar el más torpe astillero o el capitán más enamorado de su barco. Hoy zarpamos de nuevo devota tripulación. Leven anclas y desplieguen como manda las velas mayores. Despidan los suyos y afinen los sentidos. El cielo es limpio y el viento nos asiste. Con eso una dosis de locura, de hermosa locura, toca ser libres de nuevo...

viernes, 12 de febrero de 2010

El descanso del guerrero. Pasaré una semana sin publicar mis letras. Hago caso a mi amiga Ana y le dejo en portada mi oda al arte, que tanto le gusta, y a mí que así sea...

jueves, 4 de febrero de 2010

Qué es arte...

Le diré lo que es arte. Arte es sentirse pequeño con una obra, quedar perplejo ante unos trazos, ensimismado al admirar belleza. Arte es volver sobre tus pasos emocionado, con el pulso acelerado, quebrado por cientos de sensaciones. Arte es agonizar en un minuto ante un lienzo, clamar primaveras por una escultura, amar la memoria. Arte es Zurbarán, arte es Murillo. Arte es permanecer impasible tras un retablo, llorar sin pena, creer sin haber visto. Arte es el gesto humilde, el desgarrado, el sincero. Arte es vivir diez vidas en un instante, abrazar el mundo en un segundo, pensar que puede quien quiere. Arte es el verso del enamorado, la caricia de una madre, la sonrisa de un niño. Arte es Picasso, Dalí, Guernicas y relojes. Arte es leer prosa, cantar versos, bailar hasta caer extenuado. Arte es lamentar el paso del tiempo, beberse la vida sin medida, quemar miedos en la hoguera. Es arte saborear la naturaleza, el mordisco de una fruta, la lluvia en la cara. Arte es confiar en imposibles, visitar la guarida de lo auténtico, con el alma por delante, guardarse mil secretos. Arte es ver amanecer, borracho de amistad y carcajadas. Arte es respetarse, pensar sintiendo y sentir sin pensarlo. Arte es matar al odio, ganarle la partida al desaire, vencer reproches. Hay arte en la hermosura de una mujer, hay arte en la fuerza de un hombre. Es arte cuando besas, es artista quien conquista, el que quiere y quien recuerda, el que vuelve, el que reconoce, el que aparece por sorpresa. Es arte suspirar en soledad, con la mirada perdida en cuatro letras al compás de una rima. Es arte equivocarse, odiarse, prometerse el cambio. Arte es todo lo que quieras, morir viviendo y vivir muriendo, quedarse con lo bueno y amar la vida. Es arte cuando gritas en silencio y callas la mentira. Echar de menos, extrañar lo humano, murmurar dos palabras y con eso responderse, susurrar bajito "Arte es saberse arte". Eso, amigo, eso sí que es arte...

miércoles, 3 de febrero de 2010

Saltar o llorar...

Casi mejor tirarse, tal y como está el patio. Caerse con lo puesto, venirse abajo, lanzarse al vacío. Llámele como usted quiera. Hay motivos de sobra, por mucho que uno se esfuerce en darle la vuelta al cotarro. Está uno harto de muchas cosas, de tener que votar impresentables, el que los vote, de tener domiciliada la nómina, el que tenga, en un banco que te ahoga a intereses. De tener poco y deber más mientras el vecino se pavonea al volante de su Porsche último modelo. Uno se cansa de reirle las gracias a los de siempre, de ver por la tele la vida que quisiéramos tener, para encima tener que estar agradecidos porque todavía hay gente en peores condiciones, sin dejar de ser verdad. Le entran a uno ganas de echarse al monte, no es para menos. Eso o armarse de un trabuco y meterse en alguna Consejería o algún Parlamento y liarse a culatazos con los que lleven el traje más caro. O en el Ayuntamiento, o en una gran empresa que explote, o en un banco. Tenemos donde elegir, esa es la parte buena...
Todo esto viene a cuento, no es que tenga un brote psicótico y de pronto me apetezca visitar la trena. No, viene al caso, y es que me doy cuenta de que me enveneno innecesariamente cuando me da por escribir denunciando la mentira burocrática que tenemos por democracia. Ocurre que casi mejor me dedico a escribir sonetos y elegías, que si viva la cruz de arriba y esa copla. Quizás así no me roce el día a día demasiado y pueda pasar las semanas con ánimo medio decente. Con mis letras descubro que me afecta demasiado darle caña a los de siempre, como esos púgiles que acaban exhaustos después de ensañarse con el saco de arena. No sé lo que pensarán al respecto, pero uno lo va teniendo cada vez más claro, como el perro de la foto, subido al tejado de una casa de mi pueblo, contemplándose a sí mismo y decidiendo si saltar o llorar, como le pasa a servidor en días como este...

martes, 2 de febrero de 2010

Citaciones No Identificadas...

No sé si alguna vez, para bien o para mal, le ha llegado a casa una citación judicial. Hoy, según removía papeles y hacía limpieza de documentos, me he encontrado en una carpeta un papelito en el que me informaban de un proceso legal con fecha tal y tal sobre la diligencia interpuesta por fulanito sita…, y una jerga de palabrerío técnico que no entiende ni su santa madre, y eso que me jacto, en veces como ésta en vano, de conocer lo suficiente el vocabulario de nuestra lengua castellana como para no ir haciendo el ridículo por los centros de reunión. Nada más lejos de la realidad. Te llega una carta de estas y crees estar ante un mapa del tesoro indescifrable, con frases pedantes que parecen hasta mal conjugadas, con el único fin, pienso, de marearte la perdiz y darle relumbrón al cotarro judicial que toque. No imagino otro motivo para tanto tecnicismo. Y si no que me lo expliquen los que saben…

Porque no veo yo al currelas de turno entendiendo de primeras conceptos de Derecho penal, ni tiene porqué, vaya. Y es que las cosas no han cambiado demasiado, me dirá más de uno. Y tendría razón, pues ya ocurría hace cuatro siglos que las misivas legales y las no legales había que llevarlas a algún escriba erudito para que te las tradujera a cristiano. Eso al que le daba por ser curioso, que era la inmensa minoría. Pueden imaginar el pasotismo de la gran mayoría con estas cosas…

La casualidad ha querido que, mientras ojeaba uno de esos periódicos gratuitos, mi atención cayera en una noticia que decía que los jueces se iban a proponer cambiar la jerga judicial a fin de hacerla más entendible para la gente de la calle, que son, en definitiva, los mayores interesados en comprenderla. Yo que me alegro. Es simplemente un proyecto, vale, pero al menos ya se lo han propuesto. Les ha costado darse cuenta de que no hay quien entienda el idioma extraño de la Justicia, prescrito únicamente para académicos de la Lengua, y de ahí para arriba.

Así pues, y mientras tanto, recen para que el arreglo lo terminen pronto, no vaya a ser que les llegue una de esas citaciones como la mía y no tengan huevos a adivinar si tiene usted que ir al Juzgado imputado por algún delito o para cobrar la herencia de un tío de Paterna al que no han visto en su puñetera vida. Y si no, es lo que hay, siempre estará a tiempo de preguntarle al funcionario de turno que asoma la cabeza por la ventanilla, eruditos escribas de nuestro tiempo a la fuerza. Lo normal es que ellos tampoco sepan aclararles las dudas, pero como poco siempre podrá llevarse a la boca un “vuelva usted mañana...”, y ya eso es mucho más de lo que pone el dichoso papelito que le ha llegado a usted a casa. Será cuestión de conformarse o de terminar muriendo en el intento de dar algún sentido al cotarro que nos traemos entre manos. Así nos va señores, así nos va…

lunes, 1 de febrero de 2010

Espinete en la judería...

Lo que hay que escuchar amigos. El viernes asistí a una conferencia de un profesor de mi facultad. El tema era la ciudad de Sevilla y sus gentes, ya saben, chafardeo de ciudad, ejemplo de buen rollito a lo largo de la historia, Puerto de Indias y entrada de Europa, mezcla de culturas en buena compaña y símbolos de la época musulmana bien conservados y toda la pesca. Quedé perplejo. Tanta vanagloria en un tío que parecía leído y culto, soltando paridas de campeonato, practicando el nacionalismo más exacerbado que se pueda imaginar. Qué despiporre señores. Pero para eso tengo mis líneas, para callarle la boca, aunque a destiempo, pues no tuve huevos de contradecirle en plena perorata, no fuera a ser que me apedrearan la mayor allí mismo...

Escuche profesor. La historia que relato fue real, está bien documentada. Corría el año 1391, época en la que moriscos, judíos y cristianos convivían pacíficamente entre los muros de la ciudad, como hoy sería Ceuta o Melilla. Hasta aquí firmaría usted, presupongo. Pero siga, no se detenga…
Surgió en aquellas la figura del clérigo Ferrant Martinez, arcediano de Ecija, arengando a la comunidad cristiana, que era mayoría, en contra de los peligros que traían consigo los judíos y moriscos. Desde la Alameda de Hércules hasta los Jardines de Murillo, límites de la ciudad, fue el cura casa por casa alentando a la revuelta, prometiendo el oro y el moro, nunca mejor dicho. La cosa surtió efecto. Hubo una primera escaramuza, pero fueron pocos los heridos, pues los alguaciles de la Corte, que en aquel tiempo velaban por la hermandad de culturas, fueron avisados a tiempo, sofocando no sin problemas el cotarro. Una cosa llevó a otra, los alborotadores fueron castigados con azotes públicos por tal acto, enfureciendo aún más al clérigo, que a la vez incitaba con más fuerza si cabe contra los de distinta raza. Sucedió entonces que una noche entraron en la casa de un cristiano a robar y, ante el ánimo ya de por sí caldeado, se montó definitivamente el pitote. Se cree que cuatro mil moriscos y judíos perdieron la vida aquella madrugada. Ni siquiera saquearon sus casas. El brote racista hizo pasar a cuchillo a cualquier ciudadano, honrado o no, por el simple hecho de ser de raza diferente, aunque una semana antes compartieran con ellos mesa y mantel en la taberna de la esquina. Y todo por el odio de un sacerdote que encendió la chispa de toda una ciudad, aunque cueste trabajo creerlo. Los pocos supervivientes tuvieron que huir, los cuales, en reclamo de sus derechos, no lograron conseguir nada, pues el rey solo tenía 11 años entonces. Cuando Enrique III obtuvo la mayoría de edad mandó encarcelar al Arcediano, imponiendo además una elevada sanción tanto al ayuntamiento como al mismísimo vecindario de Sevilla. Tan elevada que se tardaron diez años en abonarla, vecino por vecino, pero era ya lo de menos…

Piensen ustedes que la población de Sevilla en esas era de quince mil personas, es decir, que se pasaron por la piedra una tercera parte de la ciudad en una noche. Es por eso que cuando echamos definitivamente a los moriscos de España, en 1492, Sevilla no se vio afectada en demasía por la limpieza étnica perpetrada justo un siglo antes, haciendo más fácil el mal trago de largarlos una vez más de nuestras tierras…

Y toda esta parrafada me viene a dar la razón profesor mío. No siempre ha sido Sevilla un remanso de paz, ni mucho menos. Solo hace falta que uno encienda la mecha para liarnos a palos, lo cual es aún más triste, pues entonces el pecado no consiste en ser ruines y malditos, sino en parecer borregos, hasta que a un pastor puñetero le dé por azuzarnos contra lo que sea, que no sé qué es peor. Ya ve profesor, en todos lados cuecen habas, amigo mío. Así que deje de soliviantarme a las masas borregas, no vaya a ser que se traguen su utópico discurso de Barrio Sésamo y acaben jugando con Bambi y Espinete a los médicos en la antigua Judería, escenario de masacres en otro tiempo, para que venga usted, campante, y no quiera acordarse de lo que allí sucedió en aquellos días…

viernes, 29 de enero de 2010

Incomprendidos...

Hoy, como muchos días, me tomé el primer café de la tarde con mi sufridora y estimada amiga Ana, ejemplo de entrega a los demás y fiel seguidora de mis letras. Hablamos sobre mi proyecto del Guadalquivir, sobre los peligros y las adversidades que me puedo encontrar. Me quiso transmitir su miedo por mi integridad, moral y física. Ella sabe algo de eso, le gusta salir los sábados de senderismo y hacer caminatas de fin de semana con una simple mochila en la espalda y el saco de dormir preparado. Tiene en parte razón. Para bien o para mal, siempre he sido un niño poco acostumbrado a jugarme el gaznate en veredas raras ni con gente extraña. Era más de contemplar aventuras de otros, intentando ponerme en el pellejo de ellos para revivir su experiencia.

Pero con mis palabras la convencí, o al menos eso creo, y es que le di una buena ristra de ejemplos de imposibles que al final sucedieron y supieron a gloria, y es que estoy seguro de que las cosas que más placer producen son aquellas en las que tienes que dejar el alma para conseguirlas. Partir de cero, partir desde la nada, pero con un gran sueño por delante, en algunos casos, puede ser suficiente. Fue el caso de un tal Ray Kroc, que empezó vendiendo máquinas de hacer palomitas para terminar fundando el impero McDonalds. O de un pequeño chaval por el que no daban un duro tocando la guitarra y llegó a vender más discos que nadie en la historia, de apellido Lennon. Algo parecido le ocurrió a Edison, el inventor más grande de la humanidad, al que llegaron a echar de la escuela en sus años mozos por hacer demasiadas preguntas. Claro que puedo hacerlo. Es lo que me diría la señora J.K. Rowling, creadora de la saga Harry Potter, la misma que un día, en medio de una depresión, llena de deudas y sin trabajo, decidió ponerse a escribir, siendo a día de hoy la autora que más libros ha vendido en el siglo XXI. Y qué me dicen de Einstein, al que dieron por retrasado de pequeño porque tardó en aprender a hablar más de la cuenta. Y da igual que no tenga un duro para mi proyecto. Eso debió pensar también Walt Disney, que comenzó su empresa con quinientos dolares, llegando a conseguir 32 Oscars de la Academia. Son miles los ejemplos, como el de Shakira, que no pasó las pruebas del coro de su colegio. Todos me dirían que siguiera adelante, que no desistiera, por mucho que digan o duden de mí. Y es lo que voy a hacer, desde luego.

Porque si esa gente hizo lo que hizo, me da que yo sí que puedo echar unos días caminando a la vera de un río a poco que le ponga empeño. Es la parte buena del mundo en el que vivimos, que podemos hacer lo que se nos antoje, al menos mientras las obligaciones nos lo permita. Voy a intentar sacarle jugo a la vida amigos míos, no vaya a ser que me vaya antes de tiempo para el patio de los callaitos con la eterna duda de saber qué hubiera pasado, y eso sí que sería absurdo. Piénselo….
Buen fin de semana…

jueves, 28 de enero de 2010

Con perdón...

Lo reconozco, no he dado un euro para Haití. Ahora me justifico. Y es que hoy vengo dispuesto a amargarle el cola cao a más de uno. Me la trae floja si me echa un mal de ojo o le pone dos velas negras a la santa madre que me parió, pero es que me apetece decirle a usted un par de verdades, ahora que lo tengo enfrente de mis letras, por mucho que me esté jugando su visita en el futuro. Aunque, si le digo la verdad, eso también me la trae floja, perdone que le diga…

Me refiero a ese puto mensajito de móvil que ha mandado para ayudar a las víctimas de Haití, a esos diez lereles que ha ingresado en la cuenta de algún banco chusquero para solidarizarse con las víctimas del terremoto. Y listo, ya usted puede andar tranquilo. Ha cumplido con la conciencia, la suya, vamos, no precisamente con la de los pobres haitianos, pudiendo, ahora sí, irse al catre contento de su estampa, sintiéndose ciudadano de primera por soltar limosna en el mejor de los casos. No es necesario que me lo explique, sé de sobra que eso de quedar bien mola, pero disimule, hombre, disimule…

Un poquito de demagogia viene al pelo. De camino al trabajo usted se ha cruzado con cuatro indigentes, doce parados que no tienen ni un duro, veintidós padres de familia con los bolsillos helados de frío y ciento doce gilipollas de camisa mona y palabrería barata que le dan la razón a oenegés de mierda y Cruces Rojas de los cojones, aunque solo sea por quedar bien en la cola del bus o en la del pan. Con toda esa fauna se ha cruzado hoy, y aún se empeña en tirar de calderilla y poner encima de la mesa los huevos para marcar el teléfono del telemaratón de turno, ese que ponen en la cadena que le manipula día sí día también, donde el Jefe gana lo suficiente para sentirse avergonzado y el que más y el que menos se rila por ocupar su silla, sin moral ninguna, midiendo el éxito en índices de audiencia, aunque para eso tengan que reventar los valores humanos que hagan falta. Los mismos que mañana decidirán que los pobres haitianos ya no son noticia, que no vende, y le enseñarán la última de la Esteban o el ligue de verano del Paquirrí, faltando el respeto a la memoria. Y encima usted contribuyendo con la farsa y riéndoles las gracias en la sobremesa, manda carajo colega…

Tome mi consejo o haga lo que quiera. Dese un paseo por las tres mil viviendas en Sevilla o el Torrejón en Huelva, pasee la hermosa talega por el Raval de Barcelona o Vallecas en Madrid. Ni siquiera eso hace falta. Zapee por uno de esos programas que muestran la miseria más absoluta en nuestras propias ciudades, así no se manchará los zapatos con la mierda de esos barrios y esa gente. Me vale con que compruebe que al lado de su casa también viven haitianos, y sin terremoto ni golpes de estado al uso, sin marketing ni maratones, iluso de mí…

Sea usted consecuente al menos y déjese de medianías. Empiece por echarle un cable a los que están cerca. Igual así me creería toda esa pantomima de la solidaridad y el buen hacer ciudadano. Toda esa metralla mediática insolente. Y todo para que el aprovechado de turno meta la mano y se quede con la plata, como pasa casi siempre. Pero eso a usted se la trae al pairo, eso ya lo sé. Con dejarse los cuartos y pasar a otra cosa ya le vale, menudo delito…

Mire, si aún continúa leyendo, le diré, pienso que el problema de Haiti, como tantos otros, y en eso meto a los Palestinos, Congoleños, Tibetanos, Coreanos, y otro cuantos, es un problema humanitario y político, exclusivamente, donde casi siempre una potencia corta el grifo en función de los intereses, quedando de lo lindo ante la opinión pública solicitando ayuda urgente por la desgracia que toque, valiéndose para ello de la bondad del currelas. Y me ha dado la razón un corresponsal esta mañana en el telediario, quejándose de que las ayudas no llegan ni por asomo. Por todo eso y por mucho más no doy un duro para cosas de estas. Es más, usted tampoco debería darlo, a no ser que por aquí anduviésemos medio finos, que no es el caso. Aparte, me solidarizo en forma de letras con el pueblo de Haití, que no tiene culpa de nada, ni de los políticos del primer mundo ni de su mala pata. Con ellos y con mis conciudadanos, borreguitos que cantan al unísono el himno de la mentira mientras doblan la esquina encantados de haberse conocido…

Chúpate esa amigo lector o lectora, ahora sí que tiene motivos más de una para ponerme a caldo por correo. Con su pan, he dicho...

martes, 26 de enero de 2010

Carnavales en mi pueblo...

Ya se viene Don Carnal. Por las Cuatro Esquinas lo he visto, entre amigos, con nariz de payaso, ensayando carcajadas en buena compañía. En el ayuntamiento lo he saludado, tiznándome de colorete la cara, jugando a sonreir a ritmo de chascarrillo. Ha venido a dedicarme un pasodoble en la Plaza Vieja, con la lágrima saltada, cantinelas de otro tiempo que ya nadie recuerda. En la calle me ha rozado mientras me dejaba ser testigo de su destreza en lo espontáneo. Ha hecho suya la tradición carnavalera, con su mundo por montera, disfrutando de cada instante como el último, dejando de lado agobios y complejos. Me ha susurrado versos gaditanos, poniendo el alma, con el vello erizado y el pecho descubierto. Ha gritado poniente en las Angustias, sin temor a vergüenzas, con la mirada perdida, respirando chirigotas y comparsas, agarrado fuerte a la magia de la copla. Ha bailado en las aceras, soñando despierto, sin medida, con esmero, con arte y entereza, honrando ejemplos de existencia, de los que faltan y los que están por llegar, que son muchos y buenos, y el lo sabe, desde luego que lo sabe. Y lo he visto llorando en su puerta, desconsolado, por otro Carnaval que llega para marcharse, trasnochado de sensaciones y verdades, borracho de amor por su gente. Y muy quieto queda, esperando a volver disfrazarse, orgulloso de su tierra, porque una fiesta más se acaba, pero quedan los momentos, y eso no hay memoria que lo olvide ni poeta que lo relate, mas valga mi retrato, el retrato de un payaso amable que aún suspira por los Carnavales de su pueblo…

viernes, 22 de enero de 2010

Sonrisas de motero...

Él no era de creer en esas cosas, ni mucho menos, pero si hay cielo, y en ese cielo hay taberna, lo imagino apoyado al final de la barra, con chaleco de cuero y patillas de rockabilly, mareando el vaso de aguardiente con la mirada perdida en alguna revista motera. Parecía duro el zagal, duro a huevos, aunque era sólo eso, fachada, pues a poco que le dedicabas un par de palabras el cabrón se perdía y te dejaba con la frase a medio acabar. Aguantaba carros y carretas, pero siempre con ese puntito humilde que lo hacía grande y querido, ya fuera soportando borrachuzos de tres al cuarto a altas horas o niñatos como nosotros dando la brasa con las bolas del billar, la vuelta de los cinco duros o la madre que nos parió. Ni un mal gesto, bien tenía mérito y paciencia el gachón con amigos y clientela...

Me acuerdo como si fuera hoy de una de las suyas, la del día que reunió lo suficiente para hacerse de una Harley y enseñarla por el pueblo una tarde de verano. Se pegó hasta bien entrada la noche paseando chavalería de aquí para allá, con la lágrima saltada y la sonrisa de oreja a oreja, como un niño con juguete nuevo. Al poco abrió su propia tasca, con los detalles justos, pero uno que a mí me hacía permanecer las horas muertas allí postrado. Se trataba de unas fotos que tenía en la pared, fotos la mayoría de los noventa, siempre con amigos cerca y el cubata en la mano, hechas en su día en quedadas de moteros que echaban la tarde en el campo o en la sierra. No le hacía falta mucho más que eso, su pequeño negocio y su burra, como decía. Su inocencia hasta en eso le delataba…

De esos tipos que no se les nota cuando están, pero que cuando faltan uno mira su banco vacío y extraña su presencia. No era de hacer chistes ni chascarrillos, ni simpático ni antipático, no destacaba en su oficio, la hostelería, dejando las baguettes a medio hacer y la cerveza mal tirada. No se las arreglaba para las cuentas, sabía lo justo de papeleo y licencias. Mas lejos de todo eso tenía algo, esa estrella que portan algunos bendecidos, esa luz que le hacía cálido y cercano a pesar de los pesares, y es por eso que cada fin de semana volvíamos, a su billar de tapete roído y taco gastado. Todo lo demás era lo de menos, para nosotros y para él, pues con ir sacando para gasolina y papeo, según murmuraba, bueno era. Poco más necesitaba…

Pero un día Ferrer se fue, en silencio, como hubiera querido. Su hígado dijo basta, joven, quizás cuarenta y tantos, si acaso, haciendo a mi generación un poco más huérfana de momentos auténticos y vivencias que merecen la pena. Y si lo pienso, hasta en eso fue genio, pues se fue como vivió, como y cuando quiso, dejándonos en testamento a cada uno una historia, a veces graciosa, a veces amable, suficiente para traer al fuego su honrado ejemplo y desear con fuerza con él reencontrarnos, en esa taberna, al final de la barra, aunque solo sea por preguntarle por su Harley y ver nacer de su rostro aquella inocente y honesta sonrisa, la misma que aún muchos recordamos tanto como echamos de menos aquí, por estos nuestros lares...

miércoles, 20 de enero de 2010

Esas barbas blancas...

Llamaba la atención. Dos chavales vestidos de reyes magos, con sus largas barbas blancas, quince días después de las Navidades, pero ahí estaba la gracia. En su furgoneta aparcada rezaba el eslogan “más vale llegar tarde…”. Al poco lo entendí todo, se trataba de las típicas asociaciones que recogen ropa y muebles, lo que sobra al primer mundo, con el fin de ayudar a gente intentando salir del cruel mundo de las adicciones. Lo del eslogan y los trajes era a modo de guasa, marketing de barrio para buscar la sonrisa del vecino y predisponer para soltar guita o lo que fuera. Parecía funcionar, desde luego. Pero lo mejor no fue eso, lo mejor fue que en diez minutos pude identificar dos héroes anónimos, de esos que me gustan tanto y que alimentan de cuando en cuando estas líneas de entre semana…

Y es que están los héroes que se suben a estrados y reciben aplausos, con el ego por las nubes por tanta fanfarria y tanta muchacha dispuesta al magreo. Y después están los otros, que son los que más abundan, héroes anónimos de chaleco descosido y mirada inocente, hartos de lidiar con buenos y malos, sin tiempo para curar cicatrices cuando de nuevo otra herida asoma en la pechera. Esos son los héroes que a mi me enamoran, los que conoces de su valentía por los hechos y las palabras, esos hombres de los de antes que pasean el orgullo justo para que no le anden maltratando una dignidad ya de por sí roída de tanta desventura, pero que no dudan en regalar cien mil gestos de cariño por nada, sin miramientos. A ellos son los que tengo más estima, aunque muchos no lo sepan, y por eso procuro cuidarlos si está en mi mano hacerlo, aunque sea en forma de cuatro letras y alguna mirada cómplice, pues poco más tengo...

Y dos de esos héroes los tuve cerca esta mañana, y es que me impresionó la alegría de aquellas dos personas, la humildad con la que hacían su trabajo, obsequiando con chascarrillos y sonrisas a cualquiera que contribuyera con lo que pudiera. Pocos se acercaban, y tampoco es que hiciera falta, pues ellos mismos arrastraban de sus infames capas y persuadían al más pintado, bajando al poco cargado de enseres y bolsas llenas de zapatos y prendas. Así quedé un rato, postrado ante ellos y su forma de ganarse a quien fuera, nada de chistes fáciles ni torcer el gesto. Su sencillez y espontaneidad hacían el resto para que la típica señora se convenciera y diera en caridad algo que le sobrara, nada más y nada menos...

Quedé impactado por la escena, pero más aún por sus ojos bebidos en esperanza por salir definitivamente del infierno de la droga, respirando con fuerza, como nunca antes, conscientes de lo que pasaron y lo que aún les queda. Fue un descubrimiento impresionante sentir cerca la alegría que desprendían a pesar de todo, de las noches en medio de la nada, perdidos, sin nadie cerca y con la conciencia humillada. Sonreir después de tanto, de sentir mil punzadas al oir llorar a sus madres, desconsoladas por una vida que ya no era vida, perdiendo las riendas de todo, de los amigos, de la novia, de ellos mismos. Y sin poder hacer nada más que dejarse llevar y esperar un final temprano, deseando la muerte a veces, de eso estoy seguro...
Todo ese pasado ví en la sonrisa de esos dos chavales, alejados de aquel abismo porque un día decidieron agarrarse bien fuerte a la vida y luchar con la poca fuerza que tenían a mano. Y que quieren que les diga amigos mios, esa gente me toca la fibra sensible y me hacen permanecer inmóvil, así muy quieto, ante ellos, pareciendo imbécil, como los niños cuando le ponen delante a un rey mago y quedan embobados con esa barba blanca que nunca termina, ni puñetera falta que hace…

lunes, 18 de enero de 2010

Apretando gatillos...

Si no lo cuento reviento. Iba camino del coche, en plena noche, dispuesto a emprender camino a casa después de un fin de semana con mi familia. Fue entonces cuando caí en la cuenta de que no tendría suficiente gasolina para llegar, por lo que me paré en un cajero en cierta avenida para sacar algo de dinero y revisar de paso mi tullida cuenta corriente. Era de esos cajeros en los que tienes que entrar con tu tarjeta, tras una cristalera, resguardado del frío y de los peligros de puedan rondar por aquellos lares en forma de cacos y aprovechados. Esperé fuera, como manda, pues dentro había una mujer mayor ataviada con uno de esos abrigos caros y moño recogido, con zapatos de tacón y abalorios variados colgando de la pechera. De esas típicas ricachonas, pensé, que vienen del teatro o de ponerse ciega a langostinos, que lo mismo me da.

Tardaba en salir, parecía nerviosa y de cuando en cuando se giraba sobre sí misma. Al momento desencajó la puerta y me pidió que la ayudara, que por lo visto no había traído las gafas y se equivocaba cada vez que le daba a la dichosa tecla. Y entré, inocente, pensando en echarle un cable a pesar de la fachada estirada de la señora y el olor a Armani que iba dejando desparramado, dando buena cuenta de lo mullidito de su bolsillo. Y fue entonces cuando lo entendí todo, en un instante.
Solo hizo falta entrar allí para darme cuenta del cotarro. En una esquina de aquel vestíbulo, entre cartones, huyendo del invierno, había un hombre de piel morena y barba abundante que dormitaba sereno con la manta a la altura del pecho. A su vera un perro que me miraba fijamente, con ojos tristes pero dignos, pareciendo vigilar como suyo aquel pequeño trozo de suelo conquistado por su amo. No hizo ademán violento, ni mucho menos. Allí permanecía impasible, no como la mujer, alterada por la situación, no fuera, imagino que pensaría, a robarle el bolso o asustarla aquellos dos seres desgraciados que no querían otra cosa que pasar allí el rato, calentitos y en soledad, protegidos de las inclemencias de la calle y de una escarcha que caía a plomo. Pero lo peor aún estaba por llegar, créanme.

La señora no quería sacar pasta, ni mucho menos. Ya me extrañaba que así lo quisiera y me invitara a pasar, desde luego. La mujer portaba entre sus manos un número de cuenta que al parecer había visto en la tele en uno de esos anuncios donde una fundación solicitaba ayuda económica para todo esto del terremoto de Haití. Y allí la tenían, dispuesta a soltar 10 míseros euros para esa pobre gente, sumida entre teclazos y números mientras le rozaba la pelambrera de su abrigo de piel un chucho desmayado y un vagabundo muerto de frío. Y yo, para colmo, ayudándole a perpetrar tal acto amigos míos.

Y de esa guisa se perdió entre los coches de la avenida, contenta de haber cumplido con su conciencia, con las manos limpias y la cabeza bien alta por haber ayudado a personas que habitan a miles de kilómetros de distancia, en el mejor de los casos, porque dudo mucho que algo de aquel dinero llegue realmente a su destino, pero eso a ella le daba seguramente lo mismo, y si no que me lleven los demonios si mi intuición fallara...

Y así me fui para mi casa, con el corazón retorcido y el alma partida en pedazos, por aquel hombre y aquel perro, y por aquella señora de abrigo caro y moño recogido, cruel ejemplo de lo que ocurre cada día en nuestra infeliz España, cuna de imbéciles de tres al cuarto y personajes sin escrúpulos que miran para otro lado cuando Dios aprieta al vecino, encantados de haberse conocido por soltar limosna a la lumbre de un cajero olvidado, y encima yo, en este caso, apretando el gatillo de las vergüenzas y los horrores, triste desenlace de un crimen en el que hay pocos inocentes y muchos, demasiados, culpables, entre los que me cuento...

viernes, 15 de enero de 2010

A todos mis hermanos...

De todos ellos guardo algo, un gesto, una mirada. Ahora más que nunca necesito sentirlos cerca, aunque anden lejos, pues el reloj se me olvida a su lado emborrachándome de sus carcajadas, perdiendo nociones de tiempo y obligaciones, justo lo que me hace auténtico. Son genios de lo espontáneo y dignos de cada palabra, de la mía o la de cualquiera, aquellas que faltan, dejándome huérfano de versos que hagan justicia, mas igual unos torpes trazos y cuatro silencios valgan, poco más podría, porque ni el mejor poeta sabría hacer poesía con tanto ademán hermoso.

Le sonríen a la vida, con el mundo por montera y los pies descalzos para sentir en carnes loables excesos, enamorándome. Gritan a los cuatro vientos pasión por momentos que llenan, sin pedir más que compañía y tres sonrisas para no desistir de seguir soñando, despiertos, humildes, pero con los ojos cerrados, confiando universos en las manos de cualquiera que cerca habite, lo que les hace aún más grandes y bellos. Celosos de instantes con los suyos, entre los que me cuento, navegan sin temor a piratas ni tormentas, de esas que a otros hicieron naufragar y perder la calma, pero éstos se saben héroes, de los de antes, haciéndoles invencibles de todo, más si cabe, por mares bravos que atraviesen en mal rumbo…

No conocen maldad ni tristeza, destilan arte sin saberlo, creando música en mis oídos, sin intuirlo, embelesando mi pluma y mil recuerdos de los buenos. Es por eso que les escribo, a destiempo, lo sé, pero hoy moría por querer agradecer a unos cuantos una existencia más que plena, la mía, la que me regalan a cambio de la nada. A veces echo de menos abrazarlos, a todos, mis hermanos, capitanes de mi alma y mis intenciones. Pero para eso tengo mis letras, que son suyas, y es que solo dicen lo que mi corazón de ellos aprendió, carros de ternura, kilos de nobleza y cientos de ejemplos maravillosos de vida. A todos vosotros, mis amigos, hoy, esto va dedicado…

jueves, 14 de enero de 2010

Por si no lo sabeis...

Hoy sólo quisiera decirles algo a la gente de mi pueblo, en el que quien más y quien menos anda con la soga hasta el cuello, pero no solo de ahora, tan de moda con esto de la crisis para justificarlo todo. En mi pueblo eso de no tener un pavo no es nuevo, a no ser que a tu papá le diera por coleccionar tierras y el nene las heredase, que se da, vaya, pero son los menos. Lo que allí se estila es el jornalero que vive en función de donde pueda meter mano, que si recogida de naranjas o siembra de lo que manden. Los pobres eligen bien poco, aunque le han vendido la moto de que cada cuatro años decide quien quiere de alcalde, pero hasta en eso le hacen la pirula, porque el picha brava de turno les promete el oro y el moro y los incautos meten la papeleta en la urna para nada, engañados por promesas que nunca verán la luz. Levantan de noche, cuando aún el gallo anda dormitando y el frío cala hasta los huesos. Arañan sus manos entre zarzales para poder poner en la mesa un puchero y cuatro aceitunas, lo justo para ir tirando, con mil estrecheces y ningún capricho en la despensa. El cinturón siempre apretado y los mismos zapatos, desgastados de tanto buscarse la vida por las esquinas y los campos, y dando gracias a Dios encima, que es lo que toca. Eso y aguantar a señoritos redomados en la plaza los domingos, mesa con mesa, mientras tienen que soportar el falso saludo de quienes los miran por encima del hombro. Y para colmo tener que corresponder, aunque por dentro anden encendidos de violencia y rabia por lo injusto del cotarro. Y así por los siglos de los siglos. Pero es por eso que hoy quería hablaros, pueblo, pues estoy de vuestro lado, por si alguna vez necesitais de unas letras o unas manos para atizar a los malos en sus vergüenzas, que es lo menos que, de cuando en cuando, merecen sus sucias conciencias y nuestro maltrecho pero honrado orgullo... Tan solo quería deciros eso…

miércoles, 13 de enero de 2010

Haciendo memoria histórica...

Una de batallitas. No han sido pocos los correos de gente anónima y conocida que me sugieren que ahonde en aquellos pasajes bélicos de nuestro país que no salen en los libros de historia por educación o buenrollismo del editor de turno. Y es que ya saben cómo se las gastan por ahí arriba, así que comprendan la falta de memoria histórica, aunque para otros menesteres sea lo que más les sobre a esos mismos gañanes...

Corría el siglo XIV, dentro del marco de la Guerra de los 100 años, cuando el rey castellano, Enrique de Trastamara, se alia con los gabachos para darle jeroma a Mister Johnny y sus colegas, a los ingleses, vamos, por si no lo han pillado. Y al mando del ejército aliado el señor Sánchez de Tovar, almirante castellano, de los que tenían bien amarradas las intenciones y las pelotas, a saber...

La cosa es que, entre paisanos y mondieus, 5000 almas zarparon en 50 galeras por las costas cántabras hacia las islas de la Gran Bretaña en busca de lio con el fin de invadir y saquear cada town anglosajón. Fueron meses de lucha encarnizada en los que el ejército hispano-franchute hizo suyo islas del Sur del continente inglés, saqueando con descaro y sin pudor cada city o comunidad de vecinos con la que daban, dejando a los Johnnys en un brete en su propia tierra. Al poco de los saqueos de Wight, Rye, Rewes, Porstsmouth, etc, y tras un break merecido, enfilaron el Támesis para poner proa rumbo al Londinium romano y asediar la capital en una batalla que hubiera durado pocas horas ante lo mermado de las tropas inglesas. De camino, arrasaron Grevesand, a pocas millas de la gran ciudad, no quedando piedra sobre piedra allá por donde pasaban los barcos de nuestra armada. La victoria total parecía un mero trámite, pero no fue así, escuchen...

Siguen sin explicarse los historiadores como pudo pasar que , tan cerca del objetivo final, la flota aliada diera media vuelta para combatir en el asedio de Lisboa contra los portugueses. La cosa no está clara, pero, según se cree, el Rey de Castilla se encaprichó en el último momento con dar matarile al Rey de Portugal, con el que tenía sus más y sus menos, dando de lado una conquista más que segura en la isla de los ingleses, los mismos que acabarían con la hegemonía castellana por los mares pocos siglos más tarde. De esas se libraron, porque Sánchez de Tovar pereció en el asedio portugués y la campaña del Norte fue olvidada para siempre. Fue lo más cerca que hemos estado de mojar la oreja al perro inglés, pero, como suele ocurrir, intercedieron para mal reyes de tres al cuarto, dando al traste con todo. Es lo que debió pensar el bueno de Sánchez de Tovar en aquellas, volviendo atrás sobre sus pasos ante una victoria segura, fastidiando si cabe la mera posibilidad de quedar medianamente bien retratado en los libros de historia. Eso le queda. Eso y un humilde epitafio en su tumba de la Catedral de Sevilla recordando su gesta y sus honores, además de mi respeto y mi reconocimiento ante su santo sepulcro, otra tumba más de una maldita España que sólo tiene memoria para lo que le interesa...

martes, 12 de enero de 2010

Servir hasta morir...

Y vengo a enterarme ahora. Hace unos años, por orden del Ministerio de Defensa, se dictó la orden de borrar de la montaña situada al lado de la Academia de Suboficiales de Lérida el lema “A España, servir hasta morir”. Y allá fueron los soldaditos de primer curso con palas y cubos a recoger la cal esparcida treinta años atrás por otros cuantos, sin rechistar en ambos casos, no fuera a ser que el brigada de turno los enculara…
Huyo de nacionalismos y de exclusividades. Que si soy así porque soy de aquí y todas esas historias. No señores, uno no es nadie cuando nace, es alguien si se hace o si le dejan hacerse, da igual aquí que en Sant Cugat, pues en todos lados cuecen habas y pernoctan, a pesar de todo, los buenos y los malos, y es sólo usted el que decide de qué bando está, por mucha bandera que abrace y tierra que haga como suya. Aquello del libre albedrío, ya saben amigos míos…
Por lo tanto, y volviendo a las famosas letritas en la montaña, no soy sospechoso de ser fanático con ideologías ni talibán de rojas y gualdas. Defiendo lo que pienso es justo y coherente, por mucho que les joda a las liendres que habitan por estos lares. Y es por eso que creo una absurdez propia de quienes nos mandan el ordenar tapar la dichosa frase con tierra molida y arena, borrando de un plumazo un sentimiento que no hace daño a nadie, pues recuerden, amigos catalanes y vascos nacionalistas, que es el ejército español el que saldrá a la calle cuando un maremoto se lleve por delante vuestras casas o un huracán de fuerza 5 mande al abuelo a recoger palmito a los arrozales de Trebujena. Son ellos, por encima de ideologías y separatismos, los que, Dios no lo quiera, darán su vida por la simple posibilidad de salvar un civil indefenso, a pesar que al mismo tiempo, dicho personaje ande jurando independencia del vecino invasor, en catalán, euskera, swahili o lo que ustedes quieran…
Pero no toda la culpa la tienen los independentistas, ni mucho menos. Al fin y al cabo son los políticos los que deciden por donde tira el cotarro, los que ponen la orden en la boca del sargento de guardia, y ahí empieza el problema, y es que ahí sí que no hay forma de encontrar culpables…
Así que verán. Vería bien justo, que quieren que les diga, que para justificar el desacato al honor de unos pocos por el “sentimient” de unos cuantos, fueran los propios senadores, Ministros, congresistas, alcaldes y presidentes de ésta, nuestra España, los que se grabaran a fuego en la frente la honrosa consigna “A España, servir hasta morir”, y entonces me empezaría a plantear que igual se dejan la vida por su pueblo, como tanto se echan a la boca y a la pluma. Es lo menos que les deben a sus votantes, a ellos y a uno que me conozco que se dejó las uñas en aquella montaña perdida de la mano de Dios, encalando letras que ya hoy significan bien poco o nada…